Una Carmen discutible en el Sodre con una Micaela que redefinió la noche

Montevideo, 9/III/2026, Auditorio Nacional del Sodre.                                Carmen.

Opéra comique en cuatro actos.

Música: Georges Bizet. Libreto: Ludovic Halévy y Henri Meilhac, basado en la novela homónima de Prosper Mérimée.

Dirección escénica: Emilio Sagi. Dirección musical: Beatrice Venezi. Escenografía: Daniel Bianco
Coreografía: Nuria Castejón. Iluminador: Eduardo Bravo. Elenco: Nancy Fabiola Herrera, Marcelo Álvarez, César Méndez Silvagnoli,Verónica Cangemi, Felipe Carelli, Sofía Mara, Clementina Moreira, Cristian De Marco, Sebastián Klastornick, Gonzalo Ayala. Orquesta Sinfónica Nacional, Coro Nacional y al Coro de Niños del Sodre. Bailarines invitados: Selección especial dirigida por Nuria Castejón.          Nuestra calificación: buena.

Nancy Fabiola Herrera (Carmen). Foto gentileza © Lírica del Sur, @damiancejasdelgue

Ante una Carmen decididamente desvariada en resultados, la función presentada en el Auditorio Nacional del Sodre Dra. Adela Reta recordó una de esas verdades incómodas del teatro lírico: pocas obras son tan implacables para revelar aciertos y carencias como Carmen. Lo que en el papel parece una ópera popular y directa, en escena se transforma en un mecanismo de relojería dramática donde cada engranaje —voz, orquesta y escena— debe funcionar con precisión. Cuando alguno falla, el espectador lo percibe con la claridad de un clarín.

La protagonista de la velada, la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, ingresó con la evidente intención de habitar la vida de la célebre sevillana. Hubo gestualidad convincente, miradas calculadas y un trabajo actoral que buscó delinear el carácter libre y desafiante de Carmen. Pero en la ópera el teatro rara vez viaja solo.

—No seas cruel —me digo.
—No soy cruel, soy realista —responde inmediatamente el Dr. Merengue, que ya se ha acomodado en mi conciencia—. Bizet escribió música, no teatro hablado.

Marcelo Alvares (Don José). Foto gentileza © Lírica del Sur, @damiancejasdelgue


Y allí aparecieron las dificultades. Los agudos surgieron a menudo con brillo opaco y cierta duda en la extensión, mientras el fiato evidenció cansancio en momentos donde la línea musical exige expansión y sostén emocional. Herrera actuó con convicción, sí, pero el interrogante quedó flotando en el aire del auditorio: ¿hasta cuándo puede una función teatral suplir las carencias vocales del presente?

La propuesta escénica de Emilio Sagi tampoco ayudó a disipar dudas. Sobre una superficie rojiza que pretendía evocar la arena de una plaza de toros —aunque el espectador jamás terminara de comprender qué sustancia escénica se utilizaba— Carmen apareció con un vestuario que provocaba una inesperada sensación de déjà vu.

—No me digas que también lo pensaste —susurra el Dr. Merengue.
—Prefiero callar.
—Vamos… si en cualquier momento aparece vendiendo flores Catita, estamos en la versión operística de Carmen con Niní Marshall.



El concepto visual de Sagi —atemporal y simbólico— terminó por ofrecer más ambientación que verdadera dirección actoral. Muchas escenas transcurrieron en proscenio con movimientos escasos, mientras la arena roja complicaba desplazamientos y convertía ciertos momentos dramáticos en un curioso ejercicio de equilibrio.

Muy distinto fue el impacto del Don José del tenor Marcelo Álvarez, un artista con cuatro décadas de trayectoria internacional que aún conserva una identidad vocal reconocible.

—Altri tempi —murmura el Dr. Merengue.
—Tal vez —respondo—, pero todavía hay nobleza allí.

Cuando Álvarez asciende a su zona brillante alta reaparece la elegancia de emisión que lo convirtió en referencia del repertorio. Su fraseo limpio y su presencia dramática se impusieron especialmente en el final del cuarto acto. Es posible que ya no sea el Don José ideal para este 2026, y que algunos pasajes evidencien pequeños escollos. Pero su voz —con historia y memoria escénica— sigue mostrando capacidad de superación.


—Cuarenta años cantando —dice el Dr. Merengue— no es sólo carrera: es biografía sonora.

El Escamillo del barítono César Méndez Silvagnoli tuvo momentos de lucimiento correcto, aunque sin el volumen expansivo ni el brillo pleno que el personaje suele exigir. El fraseo resultó por momentos prudente, casi contenido.

—Un torero prudente —susurra el Dr. Merengue— es como un toro vegetariano. Todo está en orden… pero falta emoción.

Cesar Méndez Silvagnoli (Escamillo). Foto gentileza © Lírica del Sur, @damiancejasdelgue

La verdadera sorpresa vocal de la velada fue la Micaela de Verónica Cangemi. Dueña de una técnica refinada que delata una sólida escuela belcantista, ofreció una línea vocal limpia, pianos redondos y un fraseo de elegante musicalidad. En su primera chanson dejó un momento de exquisito control técnico al abandonar la escena sosteniendo la nota con impecable seguridad. Pero fue su segunda chanson la que provocó el estallido del público en aplausos y ovaciones, transformándola —aunque el libreto diga otra cosa— en la auténtica protagonista de la noche.

Verónica Cangemi (Micaela), Felipe Carelli (Morales). Foto gentileza © Lírica del Sur, @damiancejasdelgue

—No te confundas —dice el Dr. Merengue—. Anunciaron Carmen.

—¿Y qué vimos entonces?

—Una función que, por momentos, se llamó Micaela.

Entre los roles secundarios destacó el Zúñiga de Cristian De Marco, con emisión firme y presencia sonora, y el Morales de Felipe Carelli, cuya intervención recordó una verdad fundamental del arte lírico: no existen papeles pequeños cuando la voz se proyecta con inteligencia y la tesitura se aborda con propiedad.

Cristian De Marco (Zuñiga). Foto gentileza © Lírica del Sur, @damiancejasdelgue

En ese mismo pasaje del segundo acto, el quinteto  conformado por Nancy FabiolaHerrera (Carmen), Sofía Mara (Frasquita), Clementina Moreira (Mercedes), Sebastián Klastornick (Dancairo) y Gonzalo Ayala (Remendado) resultó correcto en todo su desarrollo, logrando sostener con equilibrio el entramado vocal del conjunto.

Lo que sí resultó llamativo fue el intento de introducir flamenco escénico en ese mismo acto. El problema es que ese baile —fundado en el vigor del zapateo— se desarrollaba sobre el ya mencionado “arenero” escénico, lo que volvía el gesto coreográfico casi un sinsentido dramático.

Nancy Fabiola Herrera (Carmen), Sofía Mara (Frasquita), Clementina Moreira (Mercedes), Sebastián Klastornick (Dancairo) , Gonzalo Ayala (Remendado), bailarines invitados. Foto gentileza © Lírica del Sur , @damiancejasdelgue

—Zapatear sobre arena —murmura el Dr. Merengue— es como tocar castañuelas con guantes.

La paradoja era evidente: en escena había mesas perfectamente utilizables que hubieran permitido ese relieve rítmico y teatral tan propio del flamenco. Pero la coreografía eligió el terreno menos favorable.

—Cuando la escenografía ofrece soluciones —concluye el Dr. Merengue— y la dirección las ignora… la tragedia ya no es de Bizet, es de la lógica.

Los coros —adultos e infantiles del Coro Nacional del Sodre— cumplieron musicalmente con sus intervenciones, aunque la integración escénica no siempre resultó fluida. Entre desplazamientos y entradas dramáticas, algunas articulaciones se volvieron vacilantes.

—Cuando el coro no sabe exactamente dónde pararse —dice el Dr. Merengue— suele ser porque alguien olvidó decirle dónde está la escena.

En el foso, la directora italiana Beatrice Venezi afrontó un auténtico tour de force al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional. Dramática e introspectiva en los dúos y solos, así como en los grandes momentos concertantes, su lectura intentó recuperar —con gestos amplios y brillantes— esa España de Ronda y Sevilla en ese final en las afueras de La Maestranza que Bizet imaginó con perfume de tragedia popular. La intención se percibió especialmente en el quinteto del segundo acto en la taberna de Lillas Pastia y en el final del mismo acto, donde su lectura más amplia del motivo de la libertad —La liberté— logró condensar en pocos compases la esencia de una auténtica tragicomedia musical.

Beatrice Venezi (director musical). Foto gentileza © Lírica del Sur, @damiancejasdelgue

Sin embargo, la ejecución instrumental dejó al descubierto problemas notorios en metales y percusión que opacaron parte de esa intención interpretiva.

—Cuando los metales suenan como si anunciaran el Apocalipsis —murmura el Dr. Merengue— y la percusión decide fundar su propia república… ni la mejor batuta puede negociar la paz.

Así transcurrió esta Carmen montevideana: una función llena de contrastes, con momentos de musicalidad genuina pero también con decisiones escénicas discutibles. Hubo nombres notables y trayectorias respetables, pero el resultado final quedó en ese territorio ambiguo que el público suele recordar vagamente: una buena función que prometía ser mucho más.

—En resumen —dice el Dr. Merengue mientras abandonamos la sala—: Bizet escribió una tragedia ardiente.
—¿Y lo que vimos?
—Una tragicomedia con arena roja, toreros prudentes… y una Micaela que se llevó la noche.

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